Tecnología: sí o no

Artículo de Antonio Crespo, publicado en Expansión.com

Según la terminología acuñada por Marc Prensky, los nativos digitales son todas aquellas personas que han nacido en plena efervescencia de la era digital – que se suele hacer corresponder con la década de los noventa -. A pesar de que toda definición generalista siempre cuenta con un indeterminado número de excepciones, me atrevería a afirmar que la inmensa mayoría de los lectores de este diario somos inmigrantes digitales, quienes, con un mejor o menor conocimiento de la tecnología, hemos ido adaptando nuestros hábitos a los cambios impuestos por la era digital.

En este contexto, uno de los debates menos recurrentes, pero, a mi juicio, más críticos y seguramente controvertidos, es el de la tecnología y su papel como motor de la innovación empresarial y el cambio social. Probablemente exista una cierta unanimidad entre nosotros respecto del importante papel que las tecnologías representarán en el futuro, en todos los órdenes – social, público y empresarial -. Pero es fácil obviar que el futuro se construye a base de presentes, y que son necesarias decisiones firmes en una coyuntura como la actual, en la que se ha roto el modelo económico tradicional y es imprescindible una apuesta seria y consecuente para evitar quedar relegados a la segunda división de las economías occidentales.

En este proceso de evolución se aprecian ciertos claroscuros en la actuación de muchos agentes clave para la transformación. Por un lado, los poderes públicos, al margen de partidismos circunstanciales, han ido progresivamente interiorizando la importancia del sector TIC en la economía. El pasado 16 de Julio se aprobó en Consejo de Ministros la estrategia 2011-2015 del Plan Avanza 2, el cual constata el papel que este sector tendrá en el año 2025 como segundo generador de Valor Añadido Bruto (VAB), tan sólo por detrás del turismo. No obstante, llama poderosamente la atención que no se le haya dado una dotación presupuestaria concreta, lo que reduce dicho plan a una declaración detallada de buenas voluntades. Más grave es, en mi opinión, la brecha existente entre los principios a los que se adhieren estas iniciativas – productividad, eficiencia y competitividad – y la realidad de un sector público sobredimensionado, más cercano al “vuelva usted mañana” de Larra que a cualquier ventanilla única, por muy digital que sea. Muy a nuestro pesar, la mayor preocupación digital de algunos de nuestros políticos es el sistema de Votación Electrónica Parlamentaria que ejercen desde sus respectivos escaños… Y aún así son habituales los errores.

 

En el campo de la empresa, se hace necesario distinguir entre aquéllas cuya seña de identidad es la propia tecnología – como es el caso de Google, Amazon o Microsoft -, del resto de compañías – la inmensa mayoría – cuyos negocios corresponden a otros sectores, y que necesitan apoyarse en la tecnología para mejorar su eficiencia y fomentar la innovación. En estas últimas, sigue siendo por desgracia habitual el considerar sus departamentos de tecnología – antaño “Informática” – como cajas negras de dudoso valor, y son pocas las empresas que sientan a sus directivos en el comité de Dirección y, menos aún, en el Consejo de Administración – lo que, al margen de consideraciones históricas o consuetudinarias, no deja de ser una curiosa paradoja, ya que las decisiones de los consejeros se sustentan en datos provenientes de los sistemas de información -.

No quisiera en cualquier caso obviar a los agentes sociales, quienes debieran, por su propia naturaleza, estar más cercanos a la realidad y sus costumbres. En este sentido, han contribuido poderosamente dos factores: moda y pragmatismo. Como ejemplo, baste citar la capacidad para recabar “firmas” a través de plataformas como facebook, que pueden movilizar a cientos de miles de personas en menos de veinticuatro horas. Pero también tenemos ejemplos contrarios: como fenómeno social, no hay ninguno que sea capaz de mover masas como el fútbol. Aunque a muchos les resultará anecdótico – especialmente para los españoles, al haber conquistado el título – y otros no lo recuerden, en dos de los principales partidos de los octavos de final se vivieron sendos errores arbitrales, flagrantes no tanto por la humana equivocación como por unas inexplicables reglas que impiden apoyarse en medios tecnológicos para decisiones arbitrales de este tipo. Resultaba hasta cierto punto hilarante ver cómo público y jugadores contemplaban in situ la repetición de las jugadas, cual déjà vu ajeno al marco temporal en el que transcurría el partido. Asombroso. Otro ejercicio significativo, más cercano al contexto en el que estamos, es comparar el número de páginas que muchos diarios dedican a la tecnología, frente a otras disciplinas como la medicina o el mundo jurídico.

En momentos de crisis como el actual, hay que tomar decisiones serias y consecuentes. Tecnología: sí o no. No dejemos que sean otros los que decidan. Sembremos el camino para que los nativos digitales que están al llegar miren al pasado con el orgullo de pertenecer a un país avanzado y pionero.